2 feb. 2011

La pasión

Tras el escaparate navideño y con los conejos de chocolate propios de la Pascua británica ya asomándose en todo supermercado que se precie, se cuela el tercero en discordia: San Valentín. Las tiendas antes cargadas de Santa Claus y sus narigones renos han dado paso a ingentes cantidades de corazones, ositos amorosos, tartas corazonadas, flores… en fin, un pastelazo increíble. Y yo, que siempre me tuve por una romántica de las antiguas, me paseo con cierta curiosidad entre los miles de estantes (recordad que día sí, día también, visito cada tienda en busca de trabajo…) soñando con que un gran ramo de rosas me espera en la puerta cuando llegue a casa acompañada de una promesa de amor, fidelidad y lealtad eterna...
Pero vamos a ver Belén…ni esa casa es tuya, ni va a haber ramo esperándote, ni San Valentín podría aguantar las gélidas temperaturas para dártelo en persona de parte de un@ admirador@ secret@. 
Esa es la realidad... pero no para mi. Para todos. Porque recibas o no ramos, estés bajo un sol ardiente o la nevada más intensa, pases este día sólo o acompañado, lo cierto es que, en realidad, todos y cada uno de nosotros estamos solos y cuando se ha dado el corazón es muy difícil recuperarlo después; mejor no soltarlo y si se hace, atarlo en corto porque los tréboles de cuatro hojas son muy difíciles de encontrar.

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