2 jun. 2011

Llevo tu nombre de norte a sur

Estoy viendo el mar. Bueno, es una forma de hablar. Porque lo que tengo delante es un salvapantallas de ordenador con una playa de Marbella. Nunca había entendido que la gente lo echase de menos. Hasta ahora. El mirar hacia el horizonte y no intuirlo, para quienes no estamos acostumbrados, desestabiliza, te hace perder un poco el norte. Hay muchas cosas que no tengo claras de mi vida, pero una de las pocas que se con certeza es que quiero vivir en Andalucía. No puedo presumir de haber visto tantos países como para descartar que exista una región similar. Pero como le pasa a las madres con sus niños, la mía, mi tierra, es la más guapa.
Para gustos los colores, pero yo no cambio el olor a salitre de Cádiz o Málaga, las playas de Almería, la Giralda de Sevilla, la Judería de Córdoba, la tranquilidad de los pueblos blancos y aún no invadidos por el siglo XXI. Por nada del mundo.
Están de moda los anuncios que, de cara al verano, exaltan el Sur, y no les culpo. Como diría Alejandro Sanz, no, no es lo mismo. No es lo mismo abrir tu ventana y ver un mar en calma, una calle de adoquines, sentir el aroma a Azahar que bajar de tu bloque a esa gran ciudad llena de atractivos, sí, pero mucho menos cálida.
Quedar para tapear con los amigos y llegar al bar en veinte minutos, sin metro, sin agobios, bajar a la arena cuando atardece dando un paseo y sentir el cosquilleo de las olas en tus pies. Oír el repicar de las campanas desde Los Alcázares sevillanos. Disfrutar de unas sardinas frescas en La Malagueta o las vistas desde Gibralfaro.
No quiero ahondar en estereotipos, esos que retratan a los andaluces como juerguistas y vagos eternos. Será la envidia, la sana alegría con la que sabemos disfrutar las cosas, saboreándolas sin prisas.
Es otra historia y por eso tarareo cierta melodía que dice aquello de ‘Al-Andalus, llevo tu nombre de norte a sur’.

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