16 jun. 2011

La novena puerta

A veces la vida te golpea y te deja sin aliento. Así de repente, sin esperarlo y sin razón. Por más que busques un sentido, para ti no lo tiene y ves tan claro que había más caminos, que quema el alma no ser capaz de hacérselo ver al otro. Y es ahí donde tienes de nuevo más vías, desesperarte y engancharte a los recuerdos y a los miles de planes que esperabas cumplir o quedarte con lo mejor que te dio esa persona, que también fue mucho, y tratar de seguir adelante. De nada valdrán reproches, sentimientos de rabia o sensación de haber arriesgado mucho para nada. “Quien no arriesga, no gana” me decía ayer una amiga. Y volvemos al punto cero, arropada por suerte y aunque sea desde lejos, por todos aquellos que sí son una constante en mi vida. Y si recibes un portazo tarde o temprano otra entrada se abre, nueva, enorme y llena de posibilidades. Sólo para ti. Para que continúes creciendo como persona, intentes llegar a las metas que te marcas y disfrutes cada minuto con la sensación de que esa persona, como tantas otras, ya ha dejado algo en ti imborrable y que eso te hará actuar basándote en lo ya vivido. El dolor no entiende de culpas y si algo he aprendido es que tratar de ajustar cuentas sólo te conduce a alargar el duelo. No se trata de irse de juerga la primera noche. El proceso hay que pasarlo. Pero mejor serena y tranquila, recordándote que lo mejor de ti sigue contigo y que viajará para regalarlo a otros que lo sepan apreciar. Se lo dedico a todos aquellos a quienes han cerrado la puerta, la siguiente estará a la vuelta de la esquina.

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